Cuando tuvo su primer hijo Lola decidió dedicar todo su tiempo y todo su esfuerzo a él. Las largas noches de insomnio, su hijo David era especialmente llorón, eran ya una tragedia cuando su despertador sonaba a las seis de la mañana para ir a trabajar. Tenía que acurrucarle con cuidado en una manta, para evitar que se despertara, mientras le llevaba a casa de sus padres. Tenía la suerte de trabajar cerca de casa de sus padres y aprovechaba la hora de la comida para ir a ver a David; luego comía en cinco minutos.

El trabajo de Lola era especialmente duro, los clientes presionaban y la dirección de la empresa mucho más. No sabía a quien de los dos aguantaba menos y todo a cambio de un sueldo mísero, aunque muy necesario. Todo giraba alrededor del bienestar de David y su protección. Salía a las siete de la tarde, otras veces a las ocho y tenía que salir corriendo a recoger a David de casa de los abuelos. La madre de Lola era ya algo mayor y su función de madre y abuela la dejaban agotada.

Vuelta a casa, baño, cena, lavadoras, limpieza de cacas, vuelta a cambiar y a rezar para que esa noche David aguantara durmiendo cuatro horas seguidas.

Tanto sacrificio dio sus frutos. David se convirtió en lo que ahora se llama: “un hombre de provecho”. Los sacrificios de Lola habían conseguido que acabara la carrera de económicas y de derecho. Másteres en un montón de universidades bien sonantes y un gran currículum por el que las mejores compañías se daban de bofetadas por contar con él.

Lola ya se ha hecho muy mayor y tiene la desgracia de padecer una enfermedad degenerativa. David tiene que pagar un dineral para que las mejores enfermeras cuiden de su madre puesto que la pensión de Lola no da para tanto. Un día a David le preguntaron:
– ¿Qué tal tu madre?
– Bueno, ya sabes, con lo suyo. Pero está muy bien atendida. Tengo tres turnos de enfermeras ocupándose de ella.
– Y tú, ¿cuando la ves David?
– Una mañana de domingo cada quince días. Estoy demasiado ocupado.

Ya llegarás tú David.