Los símbolos y la simbología en un mundo tan relativista como este suenan ya un poco a absurdo. Las frases huecas, los silencios simbólicos, los lutos o cantar un himno en caso de tragedia, están muy bien pero no sirven para nada. Cuando un familiar tiene un accidente, o sufre una grave enfermedad y muere no hay nada contra lo que luchar. La vida, siendo la muerte una parte fundamental de ella, es lo que tiene y lo único que te queda es la resignación, la pena, el recuerdo y la oración (si eres creyente). 
La muerte por enfermedad, por accidente o por vejez forman parte de la naturaleza y la vida. La lucha contra ese tipo de muertes es casi imposible y, diría más, son totalmente absurdas. Cada uno tenemos nuestro día marcado en el calendario y ese día llegará de una forma u otra, hagas lo que hagas. 
No pasa lo mismo, sin embargo, con las muertes por asesinato o por actos terroristas. En esos casos hay una persona que, por lo que sea, decide acabar con la vida de otro. Decide interrumpir de una forma voluntario el camino que todos tenemos que seguir hacia la muerte de una forma natural. Es ahí cuando la resignación y los símbolos sirven de bastante poco. Ir con tu hijo a ver unos fuegos artificiales y que un loco decida acabar con tu vida con un camión, por unos u otros motivos, no es algo natural. Eso no forma parte de la vida y no debemos entenderlo como tal.
Por suerte yo no puedo hablar de esto por experiencia propia y espero que nunca tenga que hacerlo. Pero si me sucediera dudo mucho que un acto religioso, las palabras de un político, la solidaridad del mundo o cantar el himno español sirvan para calmar mis ánimos. Estoy seguro que mi vida perdería gran parte de su sentido y que no me quedaría tranquilo sentado en mi casa y llorando mis penas. Si te rompen una mejilla poner la otra sólo sirve para arriesgarte a que también te la rompan.
Dicen, los que creen, que existe una justicia divina. Yo todavía no se si eso es cierto. Que seres inocentes, hombres, mujeres, ancianos y sobre todo niños paguen con su vida una hipotética deuda que, de existir, ellos no han generado es terrible. Pero debe ser mucho más terrible cuando quien la paga es un familiar, un amigo o un ser querido. Mientras tanto y a la espera de esa hipotética justicia divina, y para estos casos, se impone la justicia terrenal. Los que no se ven afectados por estos hechos directamente pronto se olvidarán de ellos. Es más, muchos ya se habrán olvidado. También, el afectado, puede confiar poco o nada en sus tribunales, sean de donde sean. 
¿Qué hacer entonces? Creo que para mi el único sentido que tendría mi vida sería buscar a esas sabandijas donde fuera. Creo que en estos casos se impone totalmente el ojo por ojo y diente por diente. Si no toma medidas o represalias tu propio país tendrás que ser tú. Si, ya se que eso es muy difícil, pero más difícil tiene que ser vivir con esa carga toda la vida. Es una cuestión muy personal y espero no tener que encontrarme nunca en esta tesitura. Lo espero aunque, por lo que se ve, cada vez puede estar más cerca porque estos tiparracos nos quieren dejar claro que nadie estamos a salvo.
Mientras tanto, y olvidándonos de buenismos y frases políticamente correctas, ¿qué tal si empezamos a defendernos? Yo no soy partidario que paguen justos por pecadores, pero prefiero eso a que mi vida o la de los míos pueda correr peligro. Ante esa duda prefiero evitar preguntarme si mi vecino de al lado, musulmán, será de los buenos o de los malos. Prefiero que mis dudas queden disipadas mandándolos de vuelta a sus casas. ¿Que los estados europeos quieren ayudarlos económicamente? Muy bien, pero en su casa.