Querer ir, y no poder. Poder ir, y no querer. Así de caprichosa es la naturaleza humana, que basta que le ofrezcas blanco para que en ese momento se le apetezca negro. Seres capaces de odiar al prójimo por el sencillo hecho de pensar distinto, sin saber siquiera si son capaces de pensar. En definitiva una especie como mínimo extraña y de difícil estudio, si es que merece la pena ser estudiada.

Por otro lado, la más gratuitamente violenta sin un sentido que justifique esa violencia, en la casi totalidad de los acontecimientos donde esta se desarrolla. Somos curiosos desde el punto de vista de la observación, donde mostramos un amplísimo espectro de idiosincrasias, pasando de la más trivial a la más compleja e impenetrable.
Una especie capaz de vivir en grupo a pesar de no saber convivir, manteniendo un difícil equilibrio que suele romperse con suma facilidad. Incapaces de mirarnos aún espejo y comprender lo que estamos viendo más allá de la simple fachada que nos ha sido dada, partiendo de este hecho precisamente, comprenderemos la mayor parte de los problemas que hacen en muchísimas ocasiones que sea prácticamente imposible vivir en paz absoluta, distintas razas de la misma especie humana.

Dotados sin duda de una gran inteligencia, somos sin el menor genero de dudas el animal que peor uso hacemos de ella, de todos aquellos que cohabitamos nuestro querido planeta.

Siendo por otro lado los únicos capaces de destruir su hábitat por un más que dudoso bien común, cuando si es más creíble el bien de una minoría, aunque esto conlleve hacerle más complicada la vida a la mayoría. En nuestra especie se cumple perfectamente el axioma de que el pez grande siempre se come al pequeño, a pesar que en nuestro caso la proporción esta infinitamente a favor del pez pequeño, otras de las paradojas dignas de estudio. Sobre todo al ver como nunca utilizan esa mayoría en su favor cuando lo tienen realmente fácil, porque un depredador por fuerte que este sea cuando la mayoría se le revuelve aun siendo mucho más débil siempre le hacen huir y desistir de sus intenciones que por lo general nunca son buenas para dicha mayoría peor dotada.
No nos queda otra que plantarnos y decir basta, cambiar la forma de vida que nos han creado y cambiar definitivamente el rumbo de la nave priorizando el bien común por encima de todo.

En nosotros está y solo queda que nos creamos, que es posible. Y nos pongamos manos a la obra.

Enlaces patrocinados:
Artículo anteriorLa nueva política, la de apisonadora.
Artículo siguienteVida y Milagros de Aracner
@novomedinilla
Eterno amante de la Enfermería de Urgencias. Melómano empedernido. Mirada de fotógrafo, hasta soñar en Blanco y Negro. Me gusta la Filosofía Política y me desespera la falsa aplicación de ella.