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Yo creía que con aquello de que los hombres son de Marte y las mujeres de Venus, junto con la experiencia de la vida, ya tenía todo lo que me serviría para entender un diez por ciento del comportamiento femenino. No es que leyera el libro, pero habían llegado a mis manos suficientes artículos de opinión como para formarme una idea básica sobre el tema. Básicamente, si una mujer te viene quejandesosé de alguien o algo no es para que “mates al bastardo” ni “propongas soluciones”. Simplemente quieres que la escuches. Así que ármate de paciencia…

Y así transcurría mi vida con mis triunfos y fracasos sentimentales, mis triunfos y fracasos profesionales, mis triunfos y fracasos, en general sobre lo que fuese – “cosas de la vida” – pensaba yo.

En cierta ocasión me llamó mucho la atención una persona a la que conocía, cuyas duras circunstancias de la vida le habían impedido estudiar,  ya que al igual que ocurrió con casi toda su generación hubieron de trabajar desde su más tierna infancia. Es decir, una víctima de su tiempo, que al igual que la mayoría de su generación era casi semianalfabeta, o analfabeta; si seguimos la máxima de que analfabeto es toda aquella persona incapaz de leer y entender un artículo “tipo medio” no especializado de un periódico normal.

Pues hete aquí que esa buena mujer, que casi jamás había salido del pueblo, con sus años a cuesta, gruesa, coqueta, alegre, rezumando pueblo por todos sus poros, que le encantan los chistes verdes, con cuatro hijos mayores y casados que le habían regalado un batallón de nietos a los que cuidar, me sorprendió en la puerta de su casa, con las gafas de leer encorsetadas sobre la nariz, sentada en una silla de mimbre y leyendo concentrada moviendo los labios con un grueso libro en las manos. Para mí, verla con ese objeto y en esa situación resultó una situación chocante totalmente anacrónica – Jamás me la hubiese imaginado con un periódico en la mano; y mucho menos con un grueso volumen ¿Qué haces María, con ese libraco tan gordo en las manos? – Pues lo he leído dos veces y ya voy por la tercera… – Evidentemente, me quedé estupefacto. ¿Y cómo se llama el libro? ¿A ver? Y vi el título “50 sombras de Grey”

Una semana después, mi cuñada nos convenció a mi mujer y a mí para ir a ver una película. Y caí en la trampa. Cómo no, la película era “50 Sombras de Grey”. Salí conmocionado y pensé que jamás había perdido el tiempo tanto  como en aquella ocasión. Siendo yo “de Marte” toda esa historia romanticona de amor no me había interesado lo más mínimo; y mucho menos lo del masoquismo. Ahora solo faltaba que me abdujesen unos extraterrestres…

En fin, pensé. Hay gustos para todo y olvidé el tema para dedicarme a cosas que yo consideraba más interesantes.

Pero hace unos días me encontré con algo que cambió mi perspectiva sobre todo ese asunto sensiblero masoquista guardado ya y olvidado en el baúl del inconsciente: un artículo escrito por una amiga mía en el diario El Diestro abrió ante mi una perspectiva sobre las mujeres y el sexo que jamás hubiese imaginado. Señoras y caballeros, no se pierdan ni un solo átomo, ni una palabra, ni una frase, ni un párrafo. Sobre todo los caballeros van a quedar atónitos y se entenderá por qué la Doña María se había leído cuatro veces “50 Sombras de Grey”     Ir al artículo>>>