Muchos estamos hartos de todo este monumental fraude que nos están haciendo sufrir,  al que llaman democracia y que no tiene absolutamente nada que ver, empezando por los partidos políticos, antidemocráticos desde sus bases hasta la elección de sus presidentes; siguiendo por la justicia, nombrada  por los propios partidos políticos;  continuando por los sindicatos de clase, una pandilla de vividores al servicio de la izquierda; y terminando por los medios de comunicación, la mayoría de ellos subvencionados y amamantados  por los partidos políticos en el poder, para que sigan el dictamen y el camino que les señalan, sin desviarse.
Lo peor de todo es que siguen hablándonos que tenemos una democracia ejemplar, que funciona a las mil maravillas y de la que debemos sentirnos contentos y satisfechos. Creen que tanto discurso vacio y huero nos ha afectado al cerebro, aceptando a ciegas todo su arsenal de mentiras y corrupción. Se llaman a sí mismos “representantes del pueblo”, porque les votamos cada cuatro años y eso les da vía libre a todos sus desmanes y desvaríos, secuestrando la verdadera democracia por una adulterada al ciento por ciento. ¡Cómo van a rectificar el tinglado montado por ellos y para ellos, para vivir a costa de los demás y sin ley que les pare ni detenga! Es como si a los mafiosos del Chicago de los años 20, les propusieras que dejen su organización de la que tan bien viven.
Pero aunque muchos no nos dejamos engañar, estamos acobardados y narcotizados por esta inmensa mentira de democracia y el lavado de cerebro constante al que nos someten los vividores de este simulacro. No nos atrevemos a comparar cómo estaba España en los años sesenta y setenta –hasta la muerte de Franco, en 1975- por miedo al qué dirán. Si lo hacemos, será a escondidas y sin propagar las comparaciones, no sea que nos tilden de “facha” y no lo podamos aguantar. Porque si dicen que las comparaciones son odiosas, en este caso mucho más claro y notorio. Comparemos unos cuantos datos y situaciones de esto llamado democracia con la época de Franco:
-Con Franco, el pleno empleo era un hecho real; con la “democracia”, superamos los cinco millones de parados.
-Con Franco, España se convirtió en un país moderno con una poderosa industria que significó el 32% del PIB; con la “democracia”, sólo representa el 10%.
-Con Franco, había 650.000 funcionarios; con la falsocracia, más de 3 millones, creando una administración elefantiásica.
-Con Franco, las empresas prosperaban porque sólo pagaban el 5% del Impuesto del Tráfico de Empresas y las cotizaciones sociales; con la falsocracia, el 18% del IVA y una media del 36% del IRPF. Es decir, el 54% de nuestros impuestos.
-Con Franco, existía el impuesto de lujo para los ricos, aplicados a los artículos de lujo, que era del 33%; con la falsocracia, suprimieron el impuesto de lujo que les afectaba a ellos y cargaron con el IVA y el IRPF a los más desfavorecidos, que antes no lo pagaban.
-Con Franco, había 15.000 presos en las cárceles; con la falsocracia, 70.000.
-Con Franco, hubo dos casos sonados de corrupción (Matesa y Sofico); con la falsocracia, son innumerables y gigantescos, de norte a sur y de este a oeste, empezando por la Casa Real.
-Con Franco, nos convertimos en la novena potencia económica mundial; con la falsocracia, ocupamos el puesto 15 y al borde de ser rescatados por Europa.
-Con Franco, se tenía derecho a una pensión con una cotización de dos años a la Seguridad Social; con la falsocracia, necesitamos 35 años.
-Con Franco, no había separatismo y estábamos unidos; con la falsocracia, Cataluña y Vascongadas quieren e intentan la secesión y cada comunidad solo mira por sus intereses, obviando al conjunto de la nación.
Además, a Franco se debe la creación de la Seguridad Social Universal, pensión de Jubilación y Viudedad, edad obligatoria de jubilación, Auxilio Social (comedores gratuitos para los más necesitados), Escuelas Públicas y Gratuitas (para erradicar el analfabetismo), Escuelas de Formación Profesional, sueldo mínimo interprofesional, fecha tope para el contrato de pruebas, edad mínima para el comienzo de la vida laboral, garantía de compensación económica para los despidos improcedentes, creación de cientos de miles de viviendas sociales, Telefónica, TVE, Radio Nacional, la ONCE…y las pagas extraordinarias, que esta memocracia nos requisa.
Respecto a la censura durante la época de Franco –que la había-, las artes, las ciencias y las letras alcanzaron logros que ahora estamos lejos de conseguir. El cine español vivió su etapa de oro con Berlanga, Bardem, Buñuel, Rafael Gil, Sáenz de Heredia, Neville, Orduña… Porque si hablamos de libertad, ¿es ser libre no poder tener y mostrar la bandera de España por miedo al insulto o la agresión? ¿Es ser libre estar bajo la tiranía y el terror de la ETA, que manda en las instituciones de Vascongadas? ¿Es ser libre la inmersión lingüística actual, que te impide estudiar tu propio idioma? ¿Es ser libre estar señalado y perseguido en Cataluña, por no estar de acuerdo con su propuesta secesionista? ¿Es ser libre obligarte a rotular y hablar catalán en los recreos? ¿Es libertad que dos  medios de comunicación, Antena 3 y Mediaset, tengan más del 85%  de los ingresos de la publicidad? ¿Es libertad que los islamistas campen a sus anchas, cercenando nuestro espacio en nuestra propia nación? ¿Es ser libre no poder trabajar?
Podría seguir citando muchos más ejemplos que cuestionan las bondades de esta mal llamada democracia, pero son suficientes para demostrar que hemos perdido, en casi todos los órdenes, con respecto a la época de Franco; pero casi nadie se atreve a mencionar porque será anatemizado al instante; será un apestado social al que todos denigrarán y aislarán como en la oscarizada película de Elia Kazan, “La barrera invisible” (1947). Esa barrera invisible es imperceptible, pero está presente en cada momento de tu existencia, persiguiéndote a todas partes; incluso amigos, compañeros de trabajo y familiares te harán el vacío. Sin embargo, los datos son claros, contundentes y tozudos por mucho que se quieran manipular, ocultar o ignorar. Respecto al qué dirán, parafraseando a Clark Gable en “Lo que el viento se llevó”: francamente, me importa un comino.