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Representar significa “estar presente” por alguien en particular o por un grupo cuando los interesados no pueden asistir a un acto; como cuando, por ejemplo, damos poderes a una persona de confianza ante notario para que esté presente por nosotros al recibir una herencia. Otro ejemplo sería el de un abogado litigando en un juicio por los intereses de cinco mil trabajadores. Es decir: la representación puede ser de uno a uno o de uno a muchos.

Tanto en el caso del abogado como en el de quien recibió un poder se especifican muy bien cuáles han de ser las directrices que dichos representantes han de seguir: puede que el representante tenga que tomar decisiones y consultar a su representado en algunos momentos. Estas especificaciones jamás son abstracciones ni simbolismos: se refieren a actuaciones concretas.

Una vez aclarado que representar es “estar presente” por otra persona o un grupo de personas y ya tenemos claro qué es la representación, pasemos a la representatividad.

Pues bien, si ese conjunto de actuaciones corresponden a los intereses comprometidos hacia el representado, el representante tendrá representatividad hacia sus representados (cumple con lo prometido). Nuestros representantes han de ser los diputados en el Congreso. Si quien nos representa juega a regalar nuestros intereses a otra persona o grupo, entonces cae en una deslealtad hacia nosotros, sus representados, y el representante carecerá de representatividad hacia ese representado.

Como quien elige a los futuros diputados es quien los mete en las listas que luego acaban en las urnas cuando haya votaciones – se vota, pero no se elige – resulta que estos nombre deberán lealtad a quien(es) los haya inscrito en la lista: deberán mucha más lealtad dependiendo del orden que ocupen en la lista. Así que el diputado representará a su jefe de partido.
¿Qué ocurre después de las elecciones? Pues simplemente una vez acabada la simulación de elecciones democráticas quedará el día a día; y es entonces cuando lo que toma importancia es la representatividad del político hacia quien lo ha elegido. Es evidente que los beneficios de esa representatividad recaerá sobre el jefe de partido y no sobre los votantes, meros comparsas que creen vivir en democracia. La falta de representatividad de los políticos respecto a los intereses de los ciudadanos provoca la conocida desconexión entre el político y sus no-representados. Por eso nosotros tenemos la impresión de que viven en otro mundo. Así que amigos, olvidaos de vuestros intereses. Nadie se preocupará por ellos.

Pero este sistema partidocrático es un arma de doble filo porque también debilita el poder de Estado. Es evidente que el gobierno no está verdaderamente respaldado por el pueblo, ya que carece no solo de representación de los ciudadanos sino también de representatividad. Este vacío de poder es aprovechado por otros grupos oportunistas que se encuentran cobijados y con una verdadera patente de corso para actuar sin consecuencia alguna por saltarse unas leyes cuyo gobierno carece de poder para imponer: antisistema, nacionalistas… Da igual las leyes que se salten: sean por desobediencia a los tribunales, sedición…                    Continuar lectura en LO QUE NOS UNE

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