Fuente Wikipedia

Si una inteligencia extraterrestre quisiese realizar un estudio completo y serio sobre los humanos no podría proyectarlo tan solo desde un punto de vista científico. Ese estudio se limitaría a nuestra composición química, resistencia física, enfermedades… Si de verdad quisiera investigarnos necesitaría completar el estudio con aspectos tales como nuestra mitología, nuestro arte, nuestra música o nuestra literatura; nuestra religión o nuestra filosofía. El mito abordaría las realidades mediante la interpretación de símbolos igual que la ciencia lo haría mediante el análisis de los hechos científicos. Nos estudiaría bajo ambos prismas (ciencia y mito) y se asombraría de nuestra complejidad como humanos. Constataría que tanto el gen de la autodestrucción como el de la supervivencia constituyen partes contrapuestas de nuestra naturaleza.

Los conocidos contrapuestos: el viejo ying y yang, maldad y bondad… Dentro de nosotros pervive un fuerte instinto de supervivencia, pero el deseo de autodestrucción también se halla ahí agazapado esperando su oportunidad. Este hecho quedó claramente recogido en el mito del caballo de Troya, expuesto por Homero en el poema épico de La Iliada.

En la Iliada, el astuto Ulises contó, gracias a la ayuda de los dioses, con ese oscuro secreto del alma humana: el mito homérico de Troya recoge cómo tras diez años de intentar destruir la ciudad, sin conseguirlo, los griegos levantaron el campamento y dejaron ante la puerta de la ciudad un gigantesco caballo de madera. A los pies del caballo lucía un cartel: “Este regalo de los griegos es una ofrenda dedicada a Atenea para que nos permita volver sanos y salvos a casa”. Mediante la astucia ideada por Ulises fueron los mismos troyanos quienes precipitaron la caída de su ciudad metiendo en ella una nave repleta de enemigos. La lectura del mito es fácil – no podemos meter al enemigo en casa o la destrucción está asegurada -.

Un análisis científico del caballo lo hubiese diseccionado y habrían dado con el virus de exterminio que el caballo de Troya llevaba en su panza. De nada sirvió que Casandra, una de las hijas del rey troyano, Príamo, advirtiese desesperada que aquello era una trampa, que aquel engendro había que quemarlo donde estaba enseguida y jamás debía traspasar los muros de la ciudad, pero nadie le hizo caso. Así que el enemigo acabó dentro de la ciudad degollando a sus habitantes y convirtiéndola en cenizas. Nadie hizo caso al sentido común, nadie escuchó la voz de la vida, la supervivencia y la inteligencia.

Ganó la locura colectiva – ganó la torpeza colectiva del seguimiento ciego a unos líderes que los llevaron a la muerte. El resultado – la aniquilación total de una civilización-.

Siendo que España ha sido la única nación del mundo capaz de echar al Islam de su tierra después de haber sido conquistada, y que los fanáticos de este sistema político-religioso han prometido reconquistarla de nuevo, me pregunto si somos una sociedad que está dispuesta a luchar por escoger la vida o elegirá  dejarse destruir siguiendo a unos líderes que, por motivos inconfesables o simple necedad, han optado por nuestra autodestrucción.

A la sombra de falsas banderas como el buenismo, admitir la entrada y sobreprotección social de ingentes masas de refugiados de forma  descontrolada, a cargo de nuestros impuestos, o bajo la férrea dictadura de la corrección política nuestra sociedad se halla bajo una amenaza que los ciudadanos deben considerar. Y deben también hacerlo en aras de las futuras generaciones.

También me pregunto si escogeremos la vida y la supervivencia, o bien nos dejaremos arrastrar por nacionalismos dispuestos, como células cancerosas, a invadir las pasiones ciudadanas. Esas pasiones, que cuando se limitan al amor que se siente por el terruño son tan naturales ¿Quién no ha pensado o dicho: “el vino de mi tierra es el mejor”, o “la calle más bonita es la que hay en mi pueblo” ¿Quién no se siente orgulloso de su pueblo, de su ciudad…?

Pero cuando se traspasan las líneas de satisfacer las pasiones personales de aquellos que henchidos de riquezas ya no tienen bastante con los placeres que sus fortunas les proporcionan, y buscan el poder absoluto para superar complejos de inferioridad, aparecen en la escena política la mediocridad en forma de nacionalismo. Son aquellos que ante la imposibilidad de gobernar una gran nación, como España, se inventan una pequeña a su medida donde reinar. Se sacan de la chistera utopías, se inventan mitos, retuercen la historia y captan a un pueblo ignorante dispuesto a seguir la zanahoria que le han puesto delante.

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